Cosmética Cruelty Free ¿sabes qué es?

“Una mujer gana estatus cuando rechaza que cualquier ser vivo sea torturado para que ella pueda embellecerse. Entonces, es realmente hermosa”. Doris Day

¿Por qué elegir cosmética cruelty free y vegana?

Millones de animales en todo el mundo están siendo sometidos a crueles sufrimientos, intensos dolores y muerte agónica, con el objetivo de ensayar nuevos ingredientes para fabricar productos en el sector cosmético. Productos que todos utilizamos a diario en nuestra higiene y arreglo personal (champús, geles, dentífricos, desodorantes, cremas, jabones, espumas de afeitado, maquillaje, lacas, mascarillas, suavizantes, etc.). Las pruebas más habituales incluyen ensayos para probar el grado de toxicidad, sensibilización cutánea e irritación ocular. Los animales son obligados a la ingestión e inhalación forzosa de sustancias. Estas prácticas son las menos agresivas si las comparamos con los envenenamientos, las cegueras y las quemaduras. Algunas pruebas requieren ser hechas sin anestesia. Los animales suelen ser mantenidos en jaulas individuales (aunque sean especies sociales), sin ningún tipo de enriquecimiento ambiental y sin comunicación entre ellos, lo que contribuye a hacer más intensa su sensación de separación y aislamiento. La mayoría de los experimentos terminan con eutanasia (en caso de que no mueran durante el experimento).

En Marzo de 2013, se aprobó una ley en el marco europeo, que prohíbe el testeo de productos sobre animales, con fines cosméticos. Sin embargo, esta ley tiene huecos que las empresas sortean hábilmente, para poder seguir ejerciendo este monstruoso método. Los laboratorios de experimentación, son auténticas cámaras de tortura, donde animales, de todo tipo (conejos, perros, gatos, cobayas, ratones, monos, etc.), son sometidos a una interminable secuencia de miedo, dolor y soledad, hasta su muerte, para fabricar un producto cosmético… El resultado final del producto, no ofrece garantía absoluta con este sistema, pues está demostrado científicamente que los resultados obtenidos en animales no siempre son extrapolables a los humanos. Las diferencias fisiológicas entre distintas especies, el stress que sufren y las condiciones en las que son mantenidos los animales, dificultan que un producto resulte seguro. Contrariamente, las alternativas a la experimentación animal, cultivos in vitro de células, tejidos y órganos, son seguras. Pero sobre todo, esto no debe apoyarse en una cuestión técnica, sino en una cuestión ética.

Esta ley ha servido para poco, ya que se sigue experimentando. La ley permite que cualquier compañía ubicada en Europa que desee comercializar sus productos fuera de la U.E. pueda seguir experimentando con animales. Los métodos alternativos a la experimentación animal deben estar validados a nivel comunitario por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). Con lo que, si las compañías no tienen un método alternativo o éste no es validado, parece que también se podrá experimentar en animales. Además, si un producto cosmético contiene un ingrediente listado en el REACH (registro de evaluación de sustancias químicas a nivel europeo), no evitará ser testado en animales. Así que esta ley no ha librado a los animales de la experimentación en los laboratorios.

La cosmética de consumo además, fabrica sus productos con sustancias químicas sintéticas (sulfatos, siliconas y parabenes).

¿Qué son los sulfatos, parabenes y siliconas?

Los sulfatos, (presentes en la mayoría de champús) se usan para hacer espuma y aportan sensación de limpieza por su condición jabonosa, pero en realidad son detergentes que no sólo arrastran la suciedad, sino también nuestros aceites naturales. Son irritantes y eliminan la capa protectora de la piel y el cuero cabelludo. Llegan fácilmente al torrente sanguíneo y pueden ser perjudiciales pare el sistema inmune. Pertenecen a la familia de los surfactantes y son muy económicos, por lo que resultan muy ventajosos. Los más comunes son SLS (Lauril Sulfato de Sodio) y ASL (Lauril Sulfato de Amonio).

Los parabenos o parabenes, son conservantes que se utilizan ampliamente en cosmética para matar bacterias, evitar el crecimiento de microorganismos y así conservar el producto por más tiempo. Existen parabenos naturales, pero el 90% de los que se utilizan en cosmética, son sintéticos químicos y contienen: (metanol, propanol y etanol), y están relacionados con el cáncer, los desequilibrios hormonales y algunas alergias. Los podrás identificar en tus productos con la siguiente nomenclatura: E214, E215, E216, E217, E218 y E219 o también todos aquellos que contengan el término “paraben” como benzylparaben, propylparaben, ethylparaben, methylparaben, etc.

Las siliconas, se utilizan en la mayoría de cremas, maquillajes y sobre todo en productos capilares, para dar esa sensación de suavidad y flexibilidad, y realmente la ofrecen con un efecto inmediato. El problema es que sellan la piel y el cabello impidiendo la transpiración, pues se trata de un producto oclusivo, que si bien protege de los agentes externos a corto plazo, con el uso prolongado reseca, debilita y empeora.

Las siliconas pueden ser volátiles, solubles y no solubles. Las peores son las no solubles (como siloxane, dimethicone o cyclomethicone), pues no se desprenden con los lavados, por lo que cada vez se acumulan más con el uso repetido. Las solubles se van con el agua y las volátiles con el aire.

Aceites minerales. Son derivados del petróleo con un efecto similar a las siliconas, dan una sensación de suavidad artificial y taponan los poros. Se suelen usan para dar consistencia a los champús, pero arrastran la queratina natural del cabello, volviéndolo opaco y encrespado. Es muy económico y resulta mucho más rentable que el aceite vegetal.

Hay mucha controversia con respecto a estas materias, y las marcas fabricantes intentan defenderse, alegando que pequeñas cantidades de estos ingredientes en un solo producto no resultan dañinas. Sin embargo, la gran mayoría de los cosméticos contienen estos compuestos, por lo que la acumulación de esta proporción diaria ya no es tan pequeña, y hay productos que se usan conjuntamente varias veces al día (dentífricos, cremas faciales y corporales, productos capilares, desodorantes, geles…).

La industria cosmética difícilmente va a cambiar, pues su acción, gira en torno su interés económico. Pero sin demanda, no hay oferta. Por eso lo único que podemos hacer es cambiar esa demanda.

Elegir cosmética vegana, contribuye a luchar contra la explotación animal, beneficia la salud y hace eficaz aquello a lo que está destinado el producto, la belleza.

“No me interesa cómo piensas, me interesa cómo actúas”                             -Lorena OH Alcázar

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